Episodio 11

Hacia el Reino del Crepúsculo

Tamaño del texto
⏱ 13 min de lectura

El cielo estaba teñido por un crepúsculo rojo y espeso que se extendía hasta el infinito.

El sol permanecía congelado al borde del horizonte sin moverse un solo milímetro, mientras unas nubes densas en tonos púrpuras y carmesíes colgaban pesadamente sobre sus cabezas.

Bajo sus pies se desplegaban interminables dunas que semejaban una playa desierta.

Sin embargo, aquello no era arena.

Eran paraguas de plástico rotos, muñecas descoloridas, botas de lluvia sin su par, bolígrafos sin tinta, pases de autobús desgarrados...

Eran las cosas que a lo largo de un siglo habían sido olvidadas por sus dueños sin que nadie jamás volviera a buscarlas, amontonadas formando un mar inabarcable.

—¡Yaaaah! ¡¿Qué clase de lugar es este?! ¡Todo el suelo está hecho de objetos perdidos!

Junto a Koharu Hoshikawa, Taiga Inukai soltó un grito de espanto.

A cada paso que daban resonaba el chasquido seco y oxidado de viejos metales y plásticos crujientes.

—¡P-pock-pock! ¡Se me metió un botón rarísimo entre la lana-pock! ¡Quítenmelo de encima-pock!

Desde el bolsillo de la capa amarilla de Koharu, Pocke asomaba la cabeza pataleando con desesperación.

—Shhh, Pocke, no hagas tanto ruido. ...Ayame, ¿te encuentras bien?

Koharu se dio la vuelta. Ayame Kujo se sujetaba el moño violeta del cabello mientras examinaba el terreno con minuciosidad:

—El suelo es sumamente inestable. Pero hay algo mucho más alarmante: observen los relojes a nuestro alrededor.

Ayame señaló hacia las dunas, donde descansaban semienterrados incontables despertadores y relojes de mesa.

Tanto los grandes relojes de péndulo como los diminutos relojes de pulsera tenían sus manecillas clavadas exactamente en las cinco en punto de la tarde.

Con cada ráfaga de viento se escuchaba un tintineo metálico y solitario, similar a una caja de música lejana: clin... clin...

—Miau.

En ese instante, deslizándose entre los objetos, apareció una gatita de tres colores.

Era Miko, la gata tricolor que vivía en el Pabellón de los Objetos Perdidos.

Miko alzó su cola esponjosa, echó a andar sobre las dunas y se detuvo a maullar como invitándolos a seguirla.

—¡Miko! ¿Nos vas a guiar?

Cuando Koharu le habló, la gatita ronroneó y avanzó a paso firme como exploradora.

Sin embargo, tras caminar durante varios minutos, comenzó a manifestarse un fenómeno siniestro.

Cada vez que una ráfaga de aire helado los envolvía, sentían cómo una frialdad entumecedora se apoderaba del fondo de sus pensamientos.

—...¿Qué...?

De pronto, Ayame, que iba adelante, detuvo su marcha en seco.

Los dedos con los que intentaba abrir su libreta temblaban visiblemente.

—Ayame, ¿qué te sucede?

—...Yo... el cumpleaños... de mi madre... ¿qué día era...? Es una fecha tan importante en la que subimos a Hoshimigaoka a ver las estrellas... y no logro recordar el día exacto...

En los ojos violetas de Ayame brilló una sombra de angustia y pánico.

—¡A-a mí también me está pasando!

Taiga se sujetó la cabeza con ambas manos y cayó de rodillas sobre los objetos viejos:

—¡Mi número de camiseta del equipo de fútbol... ¿cuál era?! El nombre de mi abuelo... era Gen, ¿verdad? ¡¿O acaso yo soy un perro?!

—¡Tú eres un ser humano-pock! ¡Un comelón ruidoso con buen olfato-pock!

Gritó Pocke, aunque su vocecita también temblaba por el miedo.

En la mente de Koharu también comenzó a filtrarse una niebla helada.

(El sabor... del pan de melón de la panadería... ¿cómo era? Los rostros de mi papá y mi mamá... se me están borrando...).

—¡No se dejen vencer!

Gritó Ayame aferrando su pluma fuente.

Con manos trémulas pero firmes, comenzó a escribir con letras gruesas y decididas sobre una página en blanco de su Cuaderno Inolvidable:

«Koharu Hoshikawa. Ayame Kujo. Taiga Inukai. Pocke.

Somos los Detectives de los Objetos Perdidos de la escuela de Tsukimizaka.

Rescataremos a Kanata Yomi y volveremos todos juntos a nuestra ciudad».

Ayame alzó la mirada y colocó el cuaderno frente a ellos:

—¡Léanlo en voz alta! ¡Las verdades escritas en este cuaderno jamás podrán ser destruidas por ninguna oscuridad! ¡Si lo olvidan, léanlo una y otra vez hasta recordarlo!

—¡Sí...! ¡Somos los Detectives de los Objetos Perdidos!

—¡Traeremos a Kanata y volveremos a casa juntos!

Al gritar al unísono, la niebla helada de sus mentes se disipó como humo al viento.

Miko maulló suavemente y alzó la vista hacia una sombra colosal que se recortaba en el horizonte.

Más allá de las dunas, rasgando el cielo crepuscular, se erguía una gigantesca torre del reloj construida con metal negro azabache.

Las manecillas de su enorme esfera señalaban, como era de esperarse, las cinco en punto.

—¡Allí es...! ¡En lo alto de esa torre está Kanata-pock!

El estambre de Pocke comenzó a chisporrotear con destellos diminutos y electrizantes.

Sin embargo, al llegar a la base de la torre, la tierra tembló con un bramido subterráneo.

—¡¿Qué es eso?!

Taiga se puso en guardia en el instante en que la montaña de objetos viejos bajo sus pies estalló como un volcán.

Una espesa humareda negra formó un torbellino que devoró incontables despojos a su paso.

Lo que emergió fue una horda colosal de Extraviados:

Un monstruo con forma de araña gigantesca formado por decenas de paraguas negros con las varillas rotas.

Una silueta kilométrica semejante a un ciempiés hecha de zapatos viejos y tenis gastados.

Y un titán rodante compuesto por una masa de despertadores oxidados que hacían sonar sus campanas con estruendo siniestro.

«¡Devuélvanlos... devuélvanlos...! ¡Entréguennos sus recuerdoooos!».

Aullidos desgarradores y solitarios sacudieron las dunas de objetos perdidos.

—¡P-pock-pock! ¡Es la invasión definitiva de los monstruos-pock!

—¡Son demasiados, ni siquiera el Farol Estelar podría purificarlos a todos a la vez...!

Ayame retrocedió abrazando su libreta contra el pecho.

Incontables sombras bloqueaban la única escalinata de piedra que ascendía hacia la torre del reloj.

A este paso serían rodeados y devorados por el olvido antes de poder alcanzar a Kanata.

Fue en ese instante.

—¡Koharu! ¡Corre hacia adelante sin mirar atrás!

¡PUM!

Con un impacto seco y contundente, el monstruo de calzado que encabezaba la horda se vino abajo de costado.

Era Taiga.

Había pateado un viejo balón de fútbol de cuero que descansaba en el suelo, estrellándolo de lleno en la cara de la criatura con un remate de volea demoledor.

—¡¿Taiga?!

—¡Déjennos esto a nosotros! ¡Kanata te está esperando allá arriba! ¡VUELAAA!

Taiga se ajustó la cinta adhesiva de la nariz y mostró los dientes en una gran sonrisa de batalla.

—¡Inukai, es una locura! Tú solo jamás podrás hacer frente a semejante...

—¡No estoy solo, presidenta! ¡Detrás de mi espalda cuento con todas tus deducciones!

Al escuchar aquellas palabras, Ayame abrió los ojos conmovida.

Y entonces, esbozando una sonrisa desafiante y valerosa, empuñó su pluma fuente:

—...Tienes razón. Las pruebas circunstanciales son abrumadoras, ¡pero la probabilidad de victoria no es cero!

Ayame analizó en un parpadeo el terreno y los movimientos de las criaturas, lanzando órdenes precisas con voz de mando:

—¡Inukai, el viento sopla desde la izquierda! ¡La estructura de la araña de paraguas es sumamente frágil! ¡Levanta arena para cegarlos y atráelos hacia el barranco de la derecha!

—¡A la orden! ¡Aquí va el reno veloz burlando la defensa con un regate imparableee!

Taiga levantó una nube de polvo con sus botas, atrayendo la atención de toda la horda enemiga.

Ayame analizaba con frialdad los puntos débiles y coordinaba el contrataque con indicaciones impecables.

Los dos formaban un equipo invencible, abriendo a la fuerza un camino hacia la torre.

—¡Avanza, Koharu! —gritó Ayame volviendo el rostro hacia ella—. ¡Tú eres la única capaz de traer a Kanata de vuelta a casa! ¡Confío plenamente en mi compañera!

—¡Chicos... prometan que saldrán ilesos de esta!

Limpiándose las lágrimas, Koharu tomó a Pocke y echó a correr escaleras arriba.

—¡¿Quiénes se creen que somos?! ¡No subestimen a los Detectives de los Objetos Perdidos!

Con el rugido valiente de Taiga y la voz firme de Ayame resonando a sus espaldas, Koharu subió a toda prisa los peldaños de la escalera de caracol de la torre del reloj.

Al terminar de subir la escalera, desembocó en una inmensa sala circular abierta a los vientos helados.

Sobre el techo, engranajes gigantescos de latón giraban en silencio reflejando los destellos del crepúsculo eterno.

Y en el centro mismo de la sala...

Descansaba una cápsula de cristal con la forma de la esfera de un reloj.

Bañado por un resplandor azul pálido, dentro del cristal dormía plácidamente un muchacho.

Cabello plateado, abrigo largo azul marino y bufanda ceñida al cuello.

—¡Kanata...!

En el segundo en que Koharu intentó correr hacia él...

¡FWOOOOSH!

Desde el techo de la torre descendió una cascada de densa niebla negra.

Arremolinándose en el aire apareció la figura colosal de Wasurena, con las flores azules de nomeolvides brillando en su cabello de humo, interponiéndose frente a la cápsula de cristal.

«¿Has vuelto otra vez, pequeño guante?».

Resonó el coro de voces heladas:

«Es inútil. Ese muchacho ya ha olvidado incluso su propio nombre. Este es el reino donde todo se desvanece para siempre».

—¡Eso es una mentira!

Koharu agitó su capa amarilla y exclamó con el alma:

—¡Kanata no lo ha olvidado todo! ¡Él recordaba la bufanda que tejía su mamá! ¡Se negó a robar los recuerdos de los demás y destruyó su propia máscara!

El rostro de sombra de Wasurena se deformó de pura furia:

«¡Cállate, insolente! ¡Entonces te borraré a ti primero!».

¡BUM!

Al agitar sus brazos de niebla, una ola oscura arremetió contra Koharu como un tsunami tenebroso.

—¡Farol Estelar, ábrete!

Koharu alzó de inmediato el farol dorado creando una barrera de luz pura.

Sin embargo, el peso de la oscuridad de Wasurena en este reino era infinitamente superior al del gimnasio.

La luz del farol comenzó a encogerse bajo una presión aplastante.

La bruma oscura se aferró a las extremidades de Koharu, y un frío atroz penetró desde su piel hasta lo más hondo de sus huesos.

(Mi... cabeza... se está congelando...).

Sus pensamientos comenzaron a entumecerse.

Los recuerdos más preciados se desvanecían como granos de arena escapando entre los dedos.

(¿Por qué... estoy aquí...?).

La luz anaranjada del farol se reducía cada vez más.

(¿La escuela...? Una niña de cabello negro y moño violeta... ¿quién era...?).

(Un niño escandaloso con una cinta adhesiva en la nariz... ¿quién era...?).

(El olor a pan caliente... mi papá... mi mamá...).

—¡Koharu! ¡Despierta-pock! ¡No te duermas-pock!

En su pecho sonó una voz desesperada.

La pequeña bola de estambre rojo, dejando caer lágrimas heladas sobre las mejillas de Koharu, le daba golpecitos en la cara con sus diminutas manitas de lana:

—¡Tú eres Koharu Hoshikawa-pock! ¡Te encantan las orillas crujientes del pan de melón, eres olvidadiza, distraída y metiche... pero eres la persona más genial de todo el universo, la única que jamás abandona un objeto perdido a su suerte-pock!

—¿Po... cke...?

—¡No lo olvides-pock! ¡Tú fuiste quien me encontró a mí-pock! ¡Koharuuuu!

El clamor de Pocke amenazaba con ser devorado por la marea de sombras.

La luz en los ojos de Koharu estaba a punto de extinguirse para siempre.

Fue en ese preciso instante.

¡PIIIIIIIIIIIIIII!

Un silbido agudo, puro y cristalino resonó desde la base de la torre del reloj.

Era el sonido del Silbato del Retorno que la señorita Shiori le había confiado a Taiga.

Aquel silbato milagroso de madera capaz de hacer llegar la llamada al alma de quien se ha perdido en el crepúsculo, sin importar la distancia.

¡PIIIIIIIIIIIIIII!

Tras el silbato, transportado por el viento, llegó un grito desgarrador:

«¡Koharuuu! ¡No te rindas! ¡Pobre de ti si te atreves a olvidar nuestros nombres!».

Era la voz de Taiga.

Y a continuación, otra voz firme y cristalina:

«¡Koharu! ¡Recuerda las pruebas! ¡Recuerda cada una de las promesas que hemos construido juntas!».

Era la voz de Ayame.

Aquel sonido y aquellas palabras se clavaron en el pecho congelado de Koharu como una flecha de luz radiante.

Su corazón dio un latido estruendoso.

La niebla helada estalló en pedazos.

—Yo soy...

Una llama ardiente e indomable renació en los ojos de Koharu:

—¡Yo soy Koharu Hoshikawa! ¡La detective de los objetos perdidos de Tsukimizaka!

—¡Farol Estelar... ENCIENDE TU FUEGOOO!

Al grito de Koharu, desde el farol brotó una explosión de luz semejante al mismísimo sol naciente.

¡FWOOOOSH!

La bruma negra que la aprisionaba se evaporó en un instante y Wasurena retrocedió aullando de dolor:

«¡Aaaaargh! ¡La luz... esa luz no se apagaaa!».

—¡Pocke, ahora con todo!

—¡Déjamelo a mí-pock!

Pocke se ajustó en su mano izquierda mientras su pompón estelar brillaba con intensidad.

Fue en ese preciso momento.

Desde la lana roja de Pocke comenzó a desprenderse y extenderse un fino hilo de luz escarlata.

Un hilo resplandeciente, cálido y lleno de vida.

El hilo que conecta a un objeto perdido con su verdadero dueño: el hilo de los recuerdos.

—¡P-pock-pock! ¡De mi cuerpo está saliendo el hilo de los recuerdos-pock!

El hilo rojo danzó en el aire y se introdujo directamente dentro de la cápsula de cristal del reloj.

Y con total precisión, se ató directo sobre el pecho del dormido Kanata: ¡en el bolsillo interior de su abrigo azul marino!

—¡Allí está...! —gritó Pocke con el alma—. ¡Mi otra mitad... mi otro guante está en su bolsillo interior-pock!

—¡¿En el bolsillo de Kanata...?!

Koharu corrió hacia la cápsula y apoyó ambas manos contra el cristal helado.

Al otro lado de la superficie dormía Kanata.

En el instante en que sus palmas tocaron el vidrio, la luz del Farol Estelar y la calidez del hilo rojo fluyeron a través del cristal directo hacia el pecho del muchacho.

Lubb-dubb...

En ese segundo exacto, un torrente de imágenes inundó la mente de Koharu a una velocidad vertiginosa.

En el fondo de su corazón, el cerrojo de una memoria sellada durante cinco largos años se abrió con un chasquido rotundo.

(¿Eh...? ¿Esto... qué es...?).

Era el invierno de cinco años atrás.

El crepúsculo del Festival de Invierno de Tsukimizaka, con los farolillos de papel meciéndose bajo la brisa.

En medio de la cuesta empedrada, mientras sonaba la campana de las cinco de la tarde, un pequeño niño de cabello plateado lloraba desconsolado en completa soledad.

Y frente a él, una pequeña Koharu de cinco años se quitaba su guante rojo de lana de la mano derecha y se lo ponía con ternura en la manita helada del niño...

—...Yo ya te conocía.

De los ojos ámbar de Koharu brotaron lágrimas incontenibles:

—¡Nos conocimos... desde hace muchísimo tiempo...!

Fin del Episodio 11

¿Te gustó? ¡Apoya al autor!

«Pocke y los Detectives de los Objetos Perdidos» es una obra original que cualquiera puede leer de forma gratuita. Puedes enviar un mensaje de apoyo o una carta de admirador a través de OFUSE. Tu apoyo ayuda a dar vida a nuevos episodios e ilustraciones.

💌 Apoyar en OFUSE

* Niños y niñas: por favor consulten con un adulto antes de ingresar.

Compartir con familia y amigos